Obì Àbàtà:

Iyalorisa Odobunmi
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Obì Àbàtà: cuando una semilla se convirtió en palabra
Dentro de Ìṣẹ̀ṣe Yorùbá existe una enseñanza que fácilmente puede pasar desapercibida si miramos al Obì solamente como una nuez que se lanza al suelo para obtener un “sí” o un “no”.

Pero Obì Àbàtà es mucho más que eso.

Obì es alimento, es ofrenda, es símbolo de concordia y, cuando es utilizado correctamente, se convierte también en un medio por el cual una pregunta formulada en Àiyé puede recibir una respuesta que procede del ámbito espiritual.

Por eso resulta tan profundo el relato de Òtúrúpòn Òfún.

El ese Ifá nos habla de los Ìrúnmọlè reunidos en Otu-Ifẹ̀, buscando un mensajero capaz de llevar un mensaje hasta Èkìtì Èfọ̀n. No necesitaban simplemente alguien fuerte.

Necesitaban alguien confiable.

Y esa diferencia es fundamental.

Òrúnmìlà propone que quien fuera enviado debía ser probado. No bastaba con presentarse voluntariamente ni afirmar tener poder. El mensajero debía demostrar que podía recibir una misión y transmitirla sin deformarla.

Entonces aparecen tres posibilidades: Akiriboto, Gbanja y Àbàtà.

Y aquí el relato deja de hablar solamente de tres formas de Obì para comenzar a hablar de tres condiciones diferentes de la comunicación.

Akiriboto no logra cumplir la prueba.

Gbanja llega hasta cierto punto, pero tampoco consigue completar aquello que se esperaba de él.

Àbàtà, en cambio, responde a cada prueba.

Adegunju se divide en dos y Àbàtà también.

Se divide en tres y Àbàtà también.

En cuatro, cinco y seis, Àbàtà continúa respondiendo.

La enseñanza no está solamente en la cantidad.

Está en la capacidad de responder.

Àbàtà demuestra que puede abrirse, separarse y mostrar aquello que lleva dentro. Y precisamente por eso se convierte en el mensajero elegido.

Aquí aparece una de las grandes enseñanzas de este ese:

para comunicar lo que viene de Ọ̀run no alcanza con tener una voz; hay que tener la capacidad de abrirse a la verdad sin deformarla.

Eso es lo que hace de Obì un comunicador.

No porque la nuez tenga por sí misma una inteligencia independiente de Òlódùmarè, de los Òrìṣà, de los Ìrúnmọlè o del sistema ritual, sino porque dentro de la cosmología yorùbá se establece una relación ritual mediante la cual el Obì se convierte en vehículo de comunicación.

La mano humana formula.

El rito establece el vínculo.

La pregunta delimita.

Obì responde mediante su configuración.

Y quien conoce el lenguaje del Obì interpreta.

Por eso no debemos imaginar que Obì reemplaza a Ifá.

Obì no es Ifá.

Obì no ocupa el lugar de Òrúnmìlà.

Obì tampoco convierte automáticamente a cualquier persona en intérprete del mundo espiritual.

Su función es diferente.

Ifá posee un corpus inmenso de Odù, ese, ìtàn, versos, prescripciones y enseñanzas que permiten comprender profundamente una situación.

Obì puede establecer una comunicación más inmediata y concreta dentro del contexto ritual.

Por eso, cuando alguien dice simplemente “tiro Obì para saber sí o no”, está describiendo solamente una pequeña parte de una tradición mucho más profunda.

¿Y qué significan Akiriboto, Gbanja y Àbàtà?

El relato nos permite comprenderlos como una enseñanza progresiva.

Akiriboto representa aquello que no puede abrirse de la manera necesaria para cumplir la función del mensajero. Su condición física —sin una división natural en lóbulos— se convierte en símbolo de una comunicación que no consigue manifestarse mediante la separación requerida.

Gbanja representa una capacidad limitada. Puede responder hasta determinado punto, pero no posee la amplitud necesaria para reproducir todas las divisiones de la prueba.

Àbàtà, en cambio, demuestra una capacidad mayor de apertura y diferenciación.

No es casual entonces que Àbàtà sea conocido en muchas enseñanzas como Ìyá Obì, la “madre del Obì”, y que el de cuatro lóbulos sea el más utilizado para la consulta ritual. Las fuentes contemporáneas sobre la tradición también registran la distinción entre Akiriboto, Gbanja, Obì méta y Àbàtà.

Pero hay algo todavía más profundo.

La superioridad de Àbàtà en este relato no debe entenderse como una competencia material entre nueces.

Es una metáfora sobre la capacidad de transmitir correctamente una voluntad.

Por eso el verso dice:

“Ki Obì o má bàa sọ̀dálẹ̀,
ki Obì o máa ṣe kẹ́,
ki Obì o lè bá wa ṣe rere.”

En sentido general:

Que Obì no nos traicione.
Que Obì no mienta.
Que Obì pueda ayudarnos a realizar el bien.

Y después aparece una de las partes más hermosas:

Obì bí ó dé ilé, kí o jíṣẹ́ ajé.
Obì bí ó dé ilé, kí o jíṣẹ́ aya.
Obì bí ó dé ilé, kí o jíṣẹ́ ọmọ.
Obì bí ó dé ilé, kí o jíṣẹ́ ire gbogbo.

Que cuando Obì llegue a la casa, lleve el mensaje de Àjẹ̀, la prosperidad.

Que lleve el mensaje de Àyà, la pareja.

Que lleve el mensaje de Ọmọ, los hijos.

Que lleve el mensaje de Ìre gbogbo, todas las formas de bienestar.

Esto cambia completamente nuestra comprensión.

Obì no solamente “contesta”.

Obì lleva un mensaje.

Y ese concepto es extraordinariamente importante.

Cuando colocamos Obì delante de un Òrìṣà, de Òrúnmìlà, de un Ìbà o dentro de una situación ritual, no estamos haciendo magia con cuatro pedazos de una nuez.

Estamos entrando en una estructura de comunicación.

Por eso el relato dice que los Ìrúnmọlè decidieron que Àbàtà era competente para realizar aquella tarea.

Àbàtà había sido examinado.

Había sido probado.

Había demostrado que podía abrirse.

Y solamente después de superar la prueba recibió la misión.

El verdadero secreto no está en Obì, sino en la relación

Existe una enseñanza todavía más profunda.

El cielo y la tierra no están separados porque Ọ̀run esté demasiado lejos.

La comunicación entre ambos mundos requiere puentes.

Los Ìrúnmọlè son puentes.

Òrúnmìlà es testigo y conocedor del destino.

Èṣù participa en el movimiento y transmisión de aquello que debe circular.

Los Òrìṣà reciben y responden dentro de sus respectivas relaciones rituales.

El sacerdote conoce las palabras, los procedimientos y los límites.

Y Obì se convierte en uno de los instrumentos mediante los cuales esa comunicación puede manifestarse.

Por eso decir que “Obì habla con Ọ̀run” debe entenderse dentro de este sistema y no como si la nuez poseyera por sí misma una conciencia separada.

El poder está en la relación.

El instrumento solo se convierte en instrumento cuando existe conocimiento.

Una persona puede tener Obì en sus manos y no saber qué está preguntando.

Puede lanzar cuatro lóbulos y no comprender qué está viendo.

Puede conocer posiciones, pero desconocer contexto.

Y entonces la forma permanece, pero el conocimiento se pierde.

Esto es precisamente lo que el relato de Òtúrúpòn Òfún parece advertirnos.

Antes de convertirse en mensajero, Àbàtà tuvo que ser probado.

La enseñanza para nosotros

Hay personas que quieren hablar en nombre de Òrìṣà.

Hay quienes quieren hablar en nombre de Ifá.

Hay quienes quieren hablar en nombre de sus mayores, de sus ancestros y de toda una tradición.

Pero Òtúrúpòn Òfún nos deja una pregunta incómoda:

¿somos capaces de transmitir correctamente aquello que hemos recibido?

Porque ser mensajero no consiste en hablar mucho.

Consiste en no traicionar el mensaje.

Àbàtà fue elegido porque respondió de acuerdo con la prueba.

Por eso Obì se convirtió simbólicamente en una boca entre dos realidades.

No porque gritara.

No porque impusiera.

No porque pretendiera tener la razón.

Sino porque podía abrirse y mostrar.

Y quizás allí exista una enseñanza para todo practicante de Ìṣẹ̀ṣe:

la verdadera comunicación con Ọ̀run comienza cuando dejamos de querer imponer nuestra respuesta y aprendemos a escuchar.

Obì nos recuerda que la espiritualidad no consiste únicamente en preguntar.

También consiste en estar preparados para recibir una respuesta que quizá no sea la que esperábamos.

Porque si preguntamos a Ọ̀run pero solamente queremos escuchar aquello que confirma nuestro deseo, entonces no estamos buscando orientación.

Estamos buscando aprobación.

Àbàtà nos enseña otra cosa.

Abrirse.

Mostrar.

Transmitir.

No traicionar.

Y cumplir correctamente la misión recibida.

Por eso, cuando Obì llega a nuestras manos, no debería ser tratado como un simple objeto ritual.

Podemos recordar aquella antigua misión:

“Obì, cuando llegues a la casa, lleva nuestro mensaje.”

Y entonces comprendemos por qué, dentro de Ìṣẹ̀ṣe, una pequeña semilla puede convertirse en un puente entre Àiyé y Ọ̀run.

No porque la semilla sea Dios.

No porque la semilla sustituya a Ifá.

Sino porque, dentro del orden sagrado establecido por los Òrìṣà y los Ìrúnmọlè, aquello que nace de la tierra puede convertirse en instrumento para llevar una palabra hacia el cielo y traer una respuesta de regreso a la tierra.

Ese es el verdadero misterio de Obì Àbàtà.

**No es solamente una nuez que se abre.

Es un mensajero que aprendió a abrirse.**Una precisión adicional: encontré el mismo ese de Òtúrúpòn Òfún reproducido en varias fuentes secundarias, incluyendo la secuencia de la prueba de Àbàtà. No tomaría esas páginas como autoridad primaria del Ìṣẹ̀ṣe, pero sí sirven para contrastar el texto que me pasaste. 

Si querés, también puedo , hacer una **segunda versión todavía más profunda**, pero manteniéndolo estrictamente dentro de Ìṣẹ̀ṣe y sin meter conceptos de Santería, Candomblé o Batuque.entrando específicamente en el simbolismo de **Obì como Àṣẹ, Èṣù como Èlérí/mediador, Òrúnmìlà como testigo del destino y la relación entre abrir los lóbulos y revelar lo oculto**
#Egbeaworenioduyemi

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