¿QUIÉN TE DIO EL DERECHO DE JUZGAR?
¿Quién sos?
¿Quién te dio el derecho de decidir quién tiene fundamento y quién no?
¿Quién te nombró juez de la fe ajena?
¿Y qué te hace mejor que aquel hermano al que necesitás ensuciar para sentir que tu camino vale más?
Porque hay algo que deberíamos preguntarnos con mucha seriedad:
¿Qué tan carente tiene que estar un religioso para necesitar destruir la imagen de otro religioso para sentirse superior?
Y no hablo de linaje.
No hablo de nación.
No hablo de antigüedad.
No hablo de cuántos años tiene una casa.
La carencia es carencia. Y no discrimina linaje, cargo, corona ni religión.
Podés tener años de religión y seguir siendo pobre de espíritu. Podés tener un gran linaje y tener un ego enorme. Podés conocer mil fundamentos y no haber aprendido todavía el más básico: mirarte a vos mismo antes de señalar al hermano.
Hay quienes entran a una fiesta ajena mirando qué está mal: el guerrero, la vestimenta, el Exu, el Caboclo que no vino, la entidad que incorporó, cómo incorporó, qué hizo y qué no hizo.
Después salen con una sentencia:
“Eso no tiene fundamento.”
Pero cuando llega el momento de explicar lo propio, cuando alguien pregunta quién comanda aquello que incorporan, cuál es la jerarquía, cuál es el fundamento y por qué hacen lo que hacen, de repente la seguridad desaparece.
Entonces, ¿era conocimiento?
¿O simplemente era ego con ropa religiosa?
Porque es muy fácil querer salvar al mundo de las casas ajenas.
Lo difícil es preguntarse:
¿Quién va a salvar al mundo de mí?
Porque algunos quieren salvar a todos de los demás, pero cuando el mundo empieza a querer salvar a alguien de ellos, se ofenden, lloran, reclaman respeto y preguntan por qué los atacan.
La vara funciona en ambas direcciones.
Si tenés derecho a hablar de otro, también tenés que tener espalda para que hablen de vos.
Si podés señalar, soportá ser señalado.
Si podés juzgar, aceptá ser juzgado.
Si podés exponer, soportá quedar expuesto.
Y si exigís respeto para vos, empezá por practicarlo cuando nadie te obliga.
Y si realmente pensás que una casa está equivocada, que un sacerdote no tiene fundamento o que una ceremonia no corresponde a tu tradición, tenés una herramienta maravillosa:
Tus propios pies.
Te retirás.
No volvés.
Elegís otro camino.
Pero querer convertirte después en el salvador de todos los que permanecieron allí ya no parece preocupación espiritual.
Parece necesidad de poder.
Porque quizás el verdadero problema nunca fue la casa ajena.
Quizás el verdadero problema es que algunos necesitan que el otro sea inferior para poder sentirse superiores.
Y ahí aparece la pregunta que más duele:
¿Cuánto fundamento puede haber en una persona que necesita ensuciar la fe de un hermano para demostrar la propia?
La religión debería hacernos más grandes de espíritu.
No más grandes que los demás.
Porque quien verdaderamente tiene fundamento no necesita convencer al mundo de que es superior. Su conducta habla antes que su boca.
Y cuando la boca habla demasiado de los demás, muchas veces termina revelando exactamente aquello que pretendía ocultar:
la propia carencia.
Axe saravá