IKÚ NO ES FINAL

Iyalorisa Odobunmi
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IKÚ NO ES FINAL: ES TRANSITAR A OTRAS FORMAS DE EXISTENCIA. 
En buena parte del pensamiento tradicional yorùbá, la muerte no puede comprenderse únicamente como la desaparición absoluta del individuo. Ikú, la muerte, señala ciertamente el cese irreversible de las funciones que sostienen la vida corporal, pero este acontecimiento no equivale necesariamente a afirmar que todo aquello que constituía la existencia ha sido reducido a la nada. Morir significa, ante todo, cambiar de condición.

Esta diferencia es fundamental. Una cosa es que termine el funcionamiento de un organismo y otra muy distinta afirmar que todo lo que lo constituyó deja de existir.

El cuerpo humano procede enteramente del mundo que lo rodea. Los elementos químicos que forman nuestros huesos, sangre, órganos y tejidos existían antes de nuestro nacimiento. Durante nuestra vida los incorporamos mediante el aire, el agua y los alimentos. Cuando sobreviene la muerte, esos componentes no desaparecen: ingresan nuevamente en los procesos naturales y participan de nuevas configuraciones de la materia.

Desde la ciencia moderna podemos expresar esta idea con mayor precisión: los átomos que componían un organismo no “mueren” cuando muere la persona. Se reorganizan, forman nuevas moléculas y pasan al suelo, al agua, a la atmósfera y a otros organismos. Tampoco sería científicamente preciso decir que los electrones “mueren”. Continúan participando en procesos físicos y químicos. La materia cambia de organización y la energía se transforma.

Por eso, aunque la física y la cosmología no demuestran las concepciones religiosas yorùbá sobre la existencia después de la muerte, existe una interesante posibilidad de diálogo filosófico: aquello que adopta una determinada forma puede dejar de poseer esa forma sin convertirse por ello en nada.

Ikú como transformación

En la cosmovisión yorùbá, la existencia humana no comienza ni termina exclusivamente dentro de las fronteras visibles del cuerpo. El ser humano participa de una relación entre Ayé, el mundo de la experiencia terrenal, y Ọ̀run, la dimensión invisible o espiritual de la existencia.

Por ello, Ikú establece una frontera.

El organismo cesa sus funciones; termina una determinada manera de estar presente en Ayé. Sin embargo, dentro de la comprensión religiosa tradicional, la muerte introduce al individuo en otra condición de existencia.

Esto explica la enorme importancia de los ancestros en las sociedades yorùbá. El muerto no se convierte automáticamente en ancestro por el simple hecho de haber fallecido: la ancestralidad implica memoria, vínculos, reconocimiento social, descendencia y determinadas relaciones rituales. Pero precisamente la existencia del concepto ancestral demuestra que la muerte no es pensada simplemente como borramiento.

El muerto deja de estar entre nosotros de la misma manera en que estaba antes.

Esta frase contiene una diferencia decisiva.

No está corporalmente, pero puede permanecer genealógicamente.

Permanece en sus descendientes.

Permanece en la memoria colectiva.

Permanece en aquello que enseñó.

Permanece en las consecuencias de sus actos.

Permanece en los objetos, conocimientos, nombres, historias y estructuras sociales que ayudó a producir.

Y, desde la interpretación religiosa yorùbá, puede continuar además dentro de una realidad espiritual que excede la existencia corporal.

Nada vuelve exactamente de la misma manera

La naturaleza ofrece continuamente imágenes de esta transformación.

Una hoja cae y se descompone. Aquello que constituía la hoja pasa al suelo. Sus componentes son incorporados posteriormente por microorganismos y plantas. Una planta puede convertirse en alimento; sus elementos pasan entonces a formar parte de otro organismo. Ese organismo morirá algún día y nuevamente sus componentes entrarán en circulación.

No regresó la misma hoja.

Continuó la materia bajo otra organización.

Esta distinción evita confundir transformación con repetición. Cuando decimos que algo continúa, no necesariamente estamos diciendo que conserva exactamente su forma anterior.

El cuerpo humano también constituye temporalmente una organización extraordinariamente compleja de materia. Durante décadas mantiene una determinada estructura mediante intercambios constantes con el ambiente. Respiramos, bebemos, comemos y eliminamos sustancias continuamente. Incluso mientras vivimos, nuestro cuerpo está intercambiando materia con el universo.

En cierto sentido, la transformación no comienza con la muerte: nos acompaña desde el nacimiento.

Nacer, crecer, envejecer y morir son momentos diferentes de un proceso continuo.

El universo que llevamos dentro

Existe además una dimensión profundamente hermosa en esta reflexión. Muchos de los elementos químicos indispensables para nuestro cuerpo tienen una historia muchísimo más antigua que la humanidad. El carbono, el oxígeno, el calcio, el hierro y otros elementos fueron producidos mediante procesos cósmicos ocurridos mucho antes de nuestra existencia individual.

Somos, materialmente, parte de una historia cósmica anterior a nosotros.

Durante un período extraordinariamente breve, esos elementos adquieren una organización que llamamos nuestro cuerpo.

Tenemos nombre.

Memoria.

Familia.

Conciencia.

Historia.

Después, esa organización termina.

Pero los componentes materiales no reciben nuestra sentencia de muerte.

Continúan.

La muerte como cambio de estado

Aquí adquiere sentido la expresión:

> IKÚ NO ES FINAL: ES TRANSITAR A OTRAS FORMAS DE EXISTENCIA.

No significa negar la muerte. Tampoco pretende convertir una creencia religiosa en una conclusión científica. La muerte biológica es real: cuando un organismo muere, determinadas funciones cesan definitivamente y la persona deja de existir corporalmente como organismo vivo.

Lo que cuestionamos es otra idea: que morir necesariamente equivalga a convertirse absolutamente en nada.

Desde la naturaleza, encontramos transformación material.

Desde la sociedad, encontramos continuidad histórica y genealógica.

Desde la memoria, encontramos permanencia simbólica.

Y desde la espiritualidad yorùbá, encontramos tránsito entre diferentes dimensiones de la existencia.

Son planos distintos y no deben confundirse, pero todos permiten comprender una misma intuición fundamental:

existir es participar temporalmente de una forma.

La vida organiza.

La muerte desorganiza esa forma.

La naturaleza reorganiza sus componentes.

La comunidad conserva la memoria.

La descendencia prolonga la historia.

Y la tradición religiosa interpreta el tránsito espiritual.

Por eso Ikú puede ser contemplada no solamente como destrucción, sino como una de las grandes transformaciones de la existencia.

El nacimiento tampoco nos encontró hechos: llegamos mediante transformaciones anteriores. Crecimos transformándonos. Envejecemos transformándonos. Finalmente morimos y la transformación continúa sin nosotros como organismo individual.

El árbol pierde sus hojas y permanece el ciclo.

El agua abandona el río y llega al océano.

El cuerpo retorna a la tierra.

Los elementos vuelven a circular.

Las generaciones suceden a las generaciones.

Los ancestros permanecen en la memoria de quienes continúan caminando.

Nada de esto elimina el dolor de la muerte. Pero permite pensarla desde otra perspectiva: Ikú señala el término de una forma de existencia, no necesariamente el fin absoluto de toda continuidad.

Porque vivir es adquirir una forma; morir es dejar esa forma; y transformar es continuar de otra manera.

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