Quien no es bueno con Mamá y Papá, quien no sabe respetar, valorar y cuidar a sus mayores, difícilmente podrá decir que es verdaderamente bueno con los demás.
Porque la bondad no comienza en los discursos ni en lo que mostramos frente a la gente. Comienza en casa, en la manera en que tratamos a quienes estuvieron antes que nosotros, a quienes nos dieron vida, enseñanza, cuidado, consejo y camino.
Podemos tener diferencias con nuestros padres, con nuestros mayores y hasta con nuestra propia historia; nadie está obligado a pensar igual en todo. Pero una cosa es tener diferencias y otra muy distinta olvidar la gratitud, el respeto y el reconocimiento.
Hay personas que quieren ser ejemplo afuera, pero dentro de casa son incapaces de honrar a quienes les tendieron la mano cuando todavía no podían caminar solos. Y ahí es donde el carácter termina hablando mucho más fuerte que cualquier palabra.
Quien aprende a respetar a sus mayores aprende también a respetar la vida, la experiencia, la memoria y el origen.
Porque quien olvida de dónde viene, tarde o temprano también pierde claridad sobre hacia dónde va.