«El que canta sus males espanta.»

Iyalorisa Odobunmi
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ÌWÒRÌ ÒWÒNRÍN
«El que canta  sus males espanta.»
Este refrán no afirma ingenuamente que los problemas desaparecen por el simple hecho de cantar. Las deudas, las enfermedades, las pérdidas y los conflictos no se resuelven con una melodía. Su enseñanza es más humana: aunque no siempre podemos evitar la adversidad, sí podemos impedir que ocupe todo nuestro mundo interior. Cantar representa la capacidad de conservar una fuente de alegría aun cuando la vida atraviesa momentos difíciles.
Quien canta produce dentro de sí un espacio que el dolor no logra dominar completamente. Entonces deja de ser solamente la persona que sufre y vuelve a sentirse viva, creativa y capaz de expresarse. El mal puede permanecer fuera, pero pierde parte del poder que ejercía dentro. Por eso, espantar los males no siempre significa eliminarlos; muchas veces significa evitar que destruyan nuestra voluntad, nuestro carácter y nuestras ganas de continuar.
La alegría no es solamente una emoción que aparece cuando todo marcha bien. También puede ser una actitud que se cultiva. Se alimenta mediante la música, el movimiento, la conversación, el trabajo creador, el afecto y aquellas actividades que nos conectan con lo mejor de nosotros. Esperar a que la felicidad llegue por sí sola es dejar nuestro bienestar completamente en manos de las circunstancias. Construir pequeños motivos para vivir es asumir responsabilidad sobre nuestro estado interior.
ÌWÒRÌ ÒWÒNRÍN también relaciona la alegría con el buen carácter. Una persona dominada por la amargura interpreta todo como una ofensa, convierte cualquier diferencia en una guerra y termina produciendo parte de la negatividad de la cual después se queja. El buen carácter no impide que otros actúen mal, pero evita que su conducta nos transforme en aquello que rechazamos. Nos permite responder sin multiplicar el daño recibido.
Conservar la alegría no significa sonreír falsamente, ocultar el sufrimiento ni sentirse culpable por estar triste. Hay dolores que necesitan lágrimas, silencio, compañía y tiempo. Fingir felicidad puede ser otra forma de sufrimiento. La alegría verdadera no niega la tristeza: convive con ella y le recuerda que no posee la totalidad de nuestra vida. Podemos estar heridos sin renunciar para siempre a la esperanza.
El canto del refrán debe entenderse también como símbolo de hacer aquello que amamos. Cuando una persona dedica parte de su existencia a una actividad que le da sentido, descubre capacidades, expresa su identidad y experimenta realización. Puede cantar, escribir, enseñar, sembrar, cocinar, estudiar, bailar, cuidar o construir. No importa únicamente la actividad, sino la sensación de estar participando conscientemente en la propia vida.
Hacer lo que nos gusta tampoco significa obedecer cada deseo ni abandonar nuestras responsabilidades. El placer sin medida puede convertirse en evasión. La realización aparece cuando aquello que amamos desarrolla nuestras capacidades, no daña a otros y puede convivir con nuestros deberes. Una vida equilibrada no está compuesta solamente por obligaciones, pero tampoco exclusivamente por satisfacciones inmediatas.
La negatividad no siempre llega desde afuera. A veces nace de una vida sin propósito, descanso, afecto ni expresión. Por eso, protegernos también exige cuidar nuestras fuentes de alegría. No podemos controlar todas las voces que nos rodean, pero sí podemos decidir cuál será la música interior con la que enfrentaremos el camino.
ÌWÒRÌ ÒWÒNRÍN nos invita a no entregar nuestra alegría a quienes desean vernos derrotados ni a las circunstancias que intentan reducirnos al dolor. Cantar es declarar que todavía existe algo dentro de nosotros que la adversidad no ha podido destruir.
Quizás no podamos espantar todos los males, pero podemos evitar que apaguen nuestra canción.
Your friend, as always.
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