Hay algo que siempre me resultó curioso.
Si realmente estuvieras tan seguro de tu fe, no sentirías la necesidad de entrar todos los días a una página que rechazas para dejar un comentario, copiar un versículo o intentar convencer a personas que ni siquiera te lo pidieron.
La verdadera fe da tranquilidad.
La inseguridad necesita demostrar.
Nadie que esté plenamente convencido de su camino pierde horas intentando destruir el camino ajeno.
En cambio, quien vive pendiente de las creencias de los demás demuestra que, en el fondo, aquello que dice creer todavía necesita validarse peleando con alguien.
Yo jamás sentí la necesidad de entrar a páginas de otras religiones para decirles cómo tienen que vivir, qué deben creer o quién está equivocado. Respeto, sigo mi camino y dejo que cada persona siga el suyo.
La fe no se impone.
La fe se vive.
Y cuando una creencia necesita insultar, perseguir o desacreditar a otra para sentirse superior, deja de parecer fortaleza y empieza a parecer miedo.
Porque quien realmente confía en Dios, en Orí, en los Orishas, en Ifá o en el camino espiritual que haya elegido, está demasiado ocupado viviendo su propia fe como para convertir la vida de los demás en una obsesión.
El respeto nunca debilita una creencia.
Lo que sí la debilita es necesitar atacar otras para sentir que la propia tiene valor.
“Las personas seguras disfrutan su fe. Las inseguras necesitan discutir la de los demás.”
