Es una realidad... !!!!

Iyalorisa Odobunmi
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Hay una realidad que he visto repetirse muchísimas veces a lo largo de los años. Muchas personas no llegan a nuestra religión por convicción, llegan por necesidad. Llegan porque la vida los golpeó, porque la salud falló, porque el dinero desapareció, porque los caminos se cerraron, porque el hogar se desmoronaba o porque ya no encontraban respuestas en ningún otro lugar. Y es precisamente en esos momentos difíciles cuando una pequeña luz comienza a aparecer. Un resguardo, una piedra, una teja, una bóveda espiritual, un coco detrás de la puerta, una manilla, un pequeño fundamento o una sencilla ceremonia se convierten en el punto de partida de una nueva vida. Poco a poco comienzan a llegar las soluciones, la estabilidad, la tranquilidad y la fe. Entonces la persona avanza, se desarrolla espiritualmente, recibe nuevas consagraciones, adquiere conocimientos, recibe nuevos fundamentos y, con el tiempo, incluso puede llegar a coronar su Oricha. Pero tristemente, algunos comienzan a olvidar aquello que un día los sostuvo cuando estaban en su peor momento. Lo que un día ocupó un lugar especial en su corazón termina abandonado en un rincón, lleno de polvo, escondido en el fondo de un cuarto o perdido entre tantas cosas nuevas. Y ahí es donde debemos reflexionar. En la espiritualidad no existen los fundamentos pequeños ni los fundamentos grandes. Todos tienen un propósito, todos tienen una historia y todos fueron parte del camino que lo condujo hasta donde usted se encuentra hoy. Nunca olvide a un viejo amigo por un amigo nuevo. Nunca abandone aquello que un día lo ayudó a levantarse cuando nadie más podía hacerlo. La evolución espiritual no consiste en acumular consagraciones, sino en aprender a honrar cada paso recorrido. Cuide, limpie, atienda y agradezca siempre cada una de las bendiciones que ha recibido, desde la más sencilla hasta la más grande. Porque aquello que hoy parece pequeño, ayer fue el milagro que usted tanto necesitaba. La gratitud también es una forma de fe y la memoria espiritual es una de las mayores muestras de respeto que podemos desarrollar en nuestra vida religiosa. 

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