Antes del sacrificio,

Iyalorisa Odobunmi
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 Hay un gesto que se hace en toda ceremonia lucumí donde se sacrifica un animal de plumas. Un gesto pequeño, casi invisible, que la gente que no es de la religión nunca nota.

Antes del sacrificio, se le lavan las patas.

Al gallo, a la gallina, al guineo, a la paloma, a la codorniz. A cada uno se le lavan las patas con agua y con rezos.

¿Por qué?


La historia viene del Odú Ejiogbe. Y es una de las más conmovedoras del corpus.

Había una vez un gallo, en una tierra gobernada por Obatalá, que asumió la culpa de un crimen que cometieron unos niños — los Ibejis, que sin querer mataron unos ratoncitos en una cueva sagrada. El gallo, por bondad y por orgullo, dijo: yo lo hice. Yo voy a cargar la culpa.

Obatalá lo condenó a morir. La sentencia fue dura: ahorcado en una mata de Aragba, la Ceiba sagrada. Y cuando lo llevaban a la ejecución, el gallo entendió que estaba muriendo por una culpa que no era suya. Y empezó a llorar. Y sus lágrimas formaron un pequeño manantial que mojó los pies de todos los presentes.

Después de su muerte, Orúnmila habló. Y decretó que, desde ese día, mientras el mundo sea mundo, a todo animal de plumas que vaya a ser sacrificado se le lavarán las patas antes. Para borrar cualquier culpa que pudiera estar cargando. Para que su muerte sea limpia. Para que no se vaya al otro plano con la mancha de aquel gallo.

✨ Cada vez que un Awó lava las patas de un gallo, está repitiendo el gesto antiguo. Está honrando una muerte injusta de hace milenios. ✨

Por eso, en este Odú, los gestos pequeños tienen peso enorme. No son rituales decorativos. Son memoria viva. Son justicia restaurada con agua.

Texto prestado. .

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