Orunmila

Iyalorisa Odobunmi
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 Al principio del mundo, Orúnmila vivía en la Tierra con sus hijos, enseñándoles el secreto de la adivinación y poniendo orden donde había caos. Un día los invitó a una ceremonia, y cada uno llegaba a arrodillarse ante él en señal de respeto. Todos, menos el más pequeño, que se llamaba Ologo, y que dijo: usted me coronó rey, siendo mi padre, y yo no puedo degradarme inclinándome delante de nadie.


Orúnmila no se enfureció. Se entristeció. Y decidió volver al Cielo, para siempre.


La Tierra, sin él, cayó en el caos y la confusión. El ciclo de la fertilidad y la regeneración colapsó, y la sociedad humana empezó a caminar hacia la anarquía. Todos, aterrados, empezaron a arrodillarse y a rogarle que volviera.


Sus hijos subieron al Cielo a buscarlo, y lo encontraron al pie de una palmera muy copiosa, con dieciséis cabezas de marfil y dieciséis semillas en las manos. Le rogaron que regresara. Y él dijo que no. Pero no los dejó con las manos vacías: pongan sus manos, les dijo, y a cada uno le entregó dieciséis semillas de aquella palmera, diciéndoles: yo no bajaré más, pero ustedes usarán estas semillas para adivinar, pues ellas serán mi misma representación en la Tierra.


Desde entonces, cuando un Babalawo toma sus Ikines en las manos para hablar con el destino, está sosteniendo la promesa que Orúnmila hizo aquel día. El que se fue, encontró la forma de quedarse. Y de aquí nace un refrán que resume todo el signo: quien no quiera al Ikin, no se querrá a sí mismo.


Con este capítulo cerramos nuestra serie sobre Iwori Meji. Gracias por acompañarnos hasta el final. Mira la serie completa en nuestro canal de YouTube.

Ifateyu.

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