Un mismo integrante siempre termina sentado en la punta menos visible de la mesa, año tras año, sin que nadie note el patrón porque siempre ha sido así.
Este capítulo de Odí Meji, dedicado a la traición que viene de la propia sangre, deja una advertencia concreta: la envidia dentro de una familia rara vez empieza con algo grande. Ashama y Aruma no empezaron intentando matar a su hermano. Empezaron simplemente evitándolo, dejándolo atrás, negándose a incluirlo.
El patrón que conviene observar, en cualquier familia, no es la traición evidente, sino las señales pequeñas que la preceden: el hijo que sistemáticamente queda fuera de las decisiones, el hermano cuyos logros se minimizan en cada reunión, el pariente al que ya nadie invita porque siempre complica todo. Ninguno de esos gestos, por separado, parece grave. Juntos, sostenidos durante años, son exactamente el terreno donde creció esta historia.
Vale la pena preguntarse, con honestidad, si en la propia familia existe alguien que ocupa ese lugar: el que siempre se entera último, el que nunca es el primero en ser llamado, el que con el tiempo dejó de insistir porque insistir dolía más que quedarse afuera.
Ese siempre ha sido así es, muchas veces, la forma más disfrazada que tiene la envidia familiar de sostenerse sin que nadie tenga que asumir la responsabilidad de haberla empezado.