Muchos pueden decir:
“Yo soy hijo de tal.”
“Yo tengo su mano.”
“Yo pertenecí a esa casa.”
“Mi jefe espiritual es fulano.”
Pero una cosa es llevar el nombre… y otra muy diferente es haber sido hijo de verdad.
Porque un hijo espiritual no aparece solamente cuando necesita resolver un problema.
No convierte a su jefe o jefa espiritual en un psicólogo privado al que solamente busca para descargar sus angustias, pedir soluciones y después desaparecer.
Ser hijo también es dar.
Es acompañar.
Es querer que la casa crezca.
Es alegrarse cuando al templo le va bien.
Es estar cuando hay abundancia, pero también cuando hay dificultades.
Es comprender que ninguna religión te promete una vida color de rosa y que pertenecer a una casa espiritual no significa que mañana todos tus problemas desaparecerán.
El verdadero hijo pierde tiempo de su propia vida por la casa que dice amar.
Y digo “pierde” entre comillas, porque cuando existe amor y compromiso, ese tiempo no se siente perdido.
El verdadero hijo no tiene miedo de agarrar un trapo y refregar el piso.
No espera que haya una ceremonia importante para aparecer.
No está solamente para la foto, para vestirse bonito, para mostrarse en las redes o para decir orgullosamente quién es su jefe.
También está cuando hay que limpiar.
Cuando hay que ordenar.
Cuando hay que cargar.
Cuando hay que ayudar.
Cuando nadie está mirando.
Porque si querés recibir a tus entidades en un lugar digno, también deberías querer que la casa donde ellas llegan esté lo mejor posible.
Un hijo espiritual de verdad no pregunta constantemente:
“¿Qué puede hacer esta casa por mí?”
También se pregunta:
“¿Qué puedo hacer yo por esta casa?”
Ahí se conocen los verdaderos hijos.
No por las fotografías.
No por los años que dicen tener.
No por los títulos.
No por repetir públicamente “mi padre”, “mi madre”, “mi jefe” o “mi casa”.
Se conocen por la presencia, la lealtad, el trabajo y el compromiso cuando no hay aplausos ni cámaras.
Porque llamarse hijo es fácil.
Comportarse como uno es otra historia.